Un estruendo desgarrador rajó el cielo. Lo hizo tan hondo que le vibró el pecho y zumbó todo su interior. Michael pisó el freno. Se quedó en medio de la nada mirando el limpiaparabrisas, los cuales intentaban deshacerse en vano todo rastro que indicara lluvia. Imposible. Oscuridad, niebla, y tormenta eran demasiado para el trayecto. Por más que analizara el panorama, caía en la misma conclusión: realizar una parada forzosa.
Michael golpeó el volante con las manos.
No tenía tiempo qué perder, y ahí estaba dejando caer el peso de su cuerpo en el respaldo de la silla hasta percatarse de un gran letrero de neón. Luces que parpadeaban de vez en cuando mientras la neblina lo rodeaba. Taberna de Nico era lo que él leía.
De solo pensar que debía resguardarse allí le inquietaba. Pensaba que aquel sitio sería como aquellos bares de mala muerte donde los forasteros se sienten obligados a quedarse así sea cinco minutos. Aunque, visto lo visto, era mejor que pasar frío.
Michael retrocedió lo justo hasta ocupar un lugar en el pequeño estacionamiento de la taberna. Se guardó el móvil en el bolsillo delantero del pantalón, y sujetó su inseparable maletín. Una sonrisa breve y nostálgica se asomó en su cara mientras la lluvia golpeaba los cristales. Pues la imagen de su padre apareció en su cabeza al contemplar el objeto que le había regalado.
Suspiró. Y, tras mirarse en el espejo retrovisor, acomodó la corbata rebelde mientras se armaba de valor.
Enfermarse era lo último que quería.
En la entrada del bar, su ropa chorreaba. Muy poco logró cubrirse con la chaqueta que sostenía sobre su cabeza. Michael se sacudió lo más que pudo siendo el objeto de algunas miradas. Y sí, tal y como había supuesto, el lugar tenía un aspecto cuestionable. Mesas y sillas de madera, luces con tono lúgubre, y un par de almas solitarias desperdigadas. Que, además del hedor a tabaco y cerveza rancia, lo envolvía un silencio tan forzado que casi parecía estar esperando a por él.
—¿Quieres algo, muchacho? —dijo el hombre detrás de la barra.
Michael lo miró: alto, de hombros anchos, con una sonrisa torcida que no transmitía simpatía. La camisa a cuadros le daba pinta de leñador, y el vaso que frotaba con un trapo gastado parecía ensuciar más que limpiar.
Titubeó por un momento. Pero se sentó en uno de los taburetes.
—¿Y? ¿Quieres algo o no?
—S-sí. Leche con chocolate, por favor.
El hombre chasqueó la lengua murmurando el pedido como si acabara de oír la blasfemia más absurda del mundo.
Michael lo ignoró, evidentemente. Ya tenía suficiente con interrumpir su viaje como para defenderse de un extraño.
Nada estaba saliendo bien. Justo se hallaba en la encrucijada de un posible despido.
El cansancio lo invadía. Noches en vela escribiendo artículos para la revista. Artículos que eran desechados más veces de las que le gustaría admitir. Y ya empezaba a cobrarle factura. Lo comprobó cuando el tipo le entregó su pedido. Justo cuando su reflejo desteñido le devolvió la mirada tras verse a sí mismo a través de la cuchara.
—Gracias —dijo.
Pero la gratitud no fue devuelta. El tipo solo le dio un asentimiento de cabeza. En su lugar, volvió a coger el mismo trapo para continuar limpiando el vaso.
Michael mantuvo la cabeza gacha como si quisiera embriagarse con el olor del chocolate. Removió la cuchara un par de veces, y se pasó la mano por la nuca.
A un par de taburetes, alguien tosió con un ruido áspero, como si hubiera tragado algo que quedó clavado en su garganta. Michael volvió la mirada: un camionero de gorra y pantalón gastado forcejeaba con la tos, luego se rascó la barba descuidada y soltó una risita ronca.
—Te juro por Dios que si te mueres en mi bar, Toño, te revivo y te arrastro para que limpies las mesas —gruñó el tabernero, sin rastro de broma.
Toño rió, mostrando unos dientes amarillentos.
—Calma, Nico. No tienes tanta suerte. —empujó el vaso hacia él y dijo, burlón—: Échale un poco más. No la porquería de ese niñato.
Las miradas convergieron en Michael. La risa no le tocó: lo atravesó. Y, aun así, no reaccionó. En vez de eso, rebuscó en el bolsillo hasta sacar el móvil. Estaba húmedo, pero no lo suficiente como para quedar inservible. Lo encendió, deslizó, esperó… Nada. Ni una barra de señal. La pantalla titiló antes de congelarse en un “sin cobertura” obstinado. Michael maldijo en voz baja.
¿Y ahora qué? ¿Seguir a ciegas? No podía permitírselo.
—Disculpe —dijo alzando la vista hacia el tabernero—. ¿Cuánto falta para llegar a San Agustín?
El tabernero dejó el vaso sobre la barra y se cruzó de brazos.
—Depende. Si la tormenta se afloja, es cuestión de minutos. Si no… —sus ojos se desviaron hacia Toño, que rió por lo bajo. Volvió la mirada hacia Michael, pero está vez como si quisiera verlo de pies a cabeza atravesando la barra—. Podrías quedarte aquí toda la noche…conmigo.
A Michael se le erizó el vello de los brazos. Puede que no sea un experto, pero reconocía el coqueteo.
—Ay, por favor —dijo Toño, entre risas—. No asustes al niño. ¿Qué piensas hacer en San Agustín? Es un pueblo indeseable.
«Sí, como esto» pensó.
—Voy a escribir un artículo sobre el manantial milagroso del que tanto hablan.
—Joder, Nico. Estamos ante una inminencia y no lo sabíamos. ¡Un periodista, nada menos!
—Escritor.
—¿Disculpa?
—Soy escritor, no periodista. No escribo cosas amarillistas.
Toño soltó una carcajada seca, que terminó en otra tos cavernosa.
—Es lo mismo, niño. Llámalo como quieras: pones palabras bonitas para que otros las traguen.
Nico no se rió. Se limitó a frotar la barra con el trapo, como si quisiera borrar algo invisible que nunca desaparecía.
—El manantial, ¿eh? —dijo despacio—. Hace tiempo que nadie pregunta por eso.
Michael frunció el ceño.
—Pues en la ciudad hablan de milagros. Dicen que cura enfermedades, que… —se detuvo al notar cómo los ojos del tabernero brillaban un instante bajo la luz mortecina.
—En la ciudad hablan demasiadas cosas —interrumpió Nico—. Aquí, en cambio, la gente aprende a no preguntar tanto.
El silencio regresó, más espeso que antes. Michael apartó la vista hacia su taza. El chocolate estaba frío, olvidado, y su reflejo en la superficie parecía más pálido que nunca.
—Disculpa a Nico. No le gustan para nada los fanáticos. La gente siempre viene esperando obtener respuesta. Pero solo son patrañas de un estúpido rumor. Son solo eso. Rumores. Hay cosas…peores.
—¿Como qué exactamente? —preguntó.
El camionero se encogió de hombros como si fuera lo más evidente del mundo.
—La historia, por ejemplo —contestó, otro estruendo se oyó dentro del bar causando el sobresalto de los presentes.
—Puta tormenta —murmuró Nico.
Toño bebió.
—Si vienes aquí, a un pueblo casi desconocido, solo para cubrir la noticia de un supuesto manantial milagroso, significa que estás desesperado.
—Y…¿qué historia envuelve a San Agustín? —preguntó Michael, curioso.
—Una terrible, sin duda alguna —respondió mientras le indicaba con el dedo al tabernero que le volviera a llenar el vaso—. ¿Has escuchado alguna vez sobre la familia Montesinos? No, seguramente no. Fue mucho antes de que nacieras. Aunque me atrevería a decir que ya es un hecho olvidado. En un par de ocasiones, incluso, he escuchado que lo contaban como si de una fábula se tratara.
»¿Ves las fotos de la pared? —preguntó. Michael no había caído en ese detalle. A espaldas de Nico estaban colgadas una variedad de fotografías que parecían tener cierta…antigüedad. Daban un aire muy diferente a lo que veía en la actualidad. Era como si tuviera vida propia a pesar de ser una época diferente—. Si miras la última a la izquierda podrás verlos. Fue una familia muy importante en aquella época.
Las personas de las fotografías parecían estar viviendo los años sesenta. Michael tuvo la ligera sensación de que lo que estaba viendo era algo así como una época dorada. Todo tenía vida propia. Al igual que la fotografía que le había comentado el camionero. Se trataba de una familia de cuatro personas. El hombre tenía buen porte, tal y como se esperaría de un hombre de familia. Lucía un traje fino. Y el cabello lo tenía peinado hacia atrás junto a un bigote que le daba un aire de superioridad. La mujer, de aspecto dulce, transmitía el amor de madre y esposa abnegada. El niño, de unos siete años aproximadamente, sonreía a la cámara con la inocencia plasmada en ese par de hoyuelos que se cargaba. Y la niña cuya edad rondaba los 13 años, sonreía y abrazaba a su padre mostrando un vestido de flores.
—¿Qué les sucedió?
—Bueno…
—¿En serio le contarás la historia, Toño? —le cuestionó el tabernero—. ¿Por qué te tomas la molestia de contarle a todo extraño que te encuentras?
Toño volvió a encogerse de hombros.
—Por tres razones. La primera porque me aburro. La segunda porque es interesante. Y la tercera porque es lo mejor que tenemos en San Agustín.
Toño dio un largo trago, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Los Montesinos eran la familia más respetada de aquí. Tierra, dinero, poder… hasta el cura del pueblo les debía favores. Nadie los tocaba. Nadie se atrevía ni a mirarlos mal.
»Pero ya sabes cómo son esas cosas: cuanto más brillo, más sombra se esconde. Dicen que la señora Montesinos enfermó de repente. Los médicos no daban con la cura, y el hombre, desesperado, fue el primero en hablar del manantial. Juraba que el agua tenía algo… especial. Que lo había probado en secreto y le devolvía las fuerzas.
Nico carraspeó fuerte, interrumpiéndolo.
—Ya basta, Toño. No es noche para cuentos.
El camionero sonrió, mostrando otra vez los dientes amarillos.
—¿Ves? —dijo señalando al tabernero con un dedo huesudo—. Si Nico se pone nervioso, es porque sabe que lo que digo no es del todo mentira.
Michael no apartaba la vista de la foto. El niño y la niña parecían mirarlo desde la pared con una expresión demasiado fija, demasiado viva para un retrato antiguo.
—¿Y qué pasó? —preguntó, apenas en un susurro.
Toño acercó su rostro, impregnando el aire con un tufo agrio a tabaco.
—Pasó lo inevitable: que alguien siempre paga el precio por andar buscando milagros donde no los hay.
Nico hizo el ademán de callarlo, pero Toño prosiguió:
—¿Qué pasó? Una atrocidad —su rostro adquirió un tono serio y frío—. En una noche, así como esta, enloqueció por completo. Se había quedado hasta muy tarde en la fábrica que a día de hoy solo es un edificio abandonado. Condujo hacia su casa, y a medianoche se oyeron gritos desesperados. Apuñaló a su mujer y a los niños. ¿Y todo para qué? Para salir corriendo como el vil cobarde que era. Aquel acto enfureció a la gente y…fueron en su busca. No tuvieron piedad con él.
Michael dio un brinco cuando el tabernero imitó el sonido de un fantasma cerca de su oído.
Nico y Toño rieron. Michael quedó consternado.
—¿Es una broma? —dijo, indignado.
—¡Relájate, muchacho! —Toño se secó una lágrima de tanto reír mientras Nico cobraba la cuenta a unas mesas más allá.— Eras presa fácil. ¿Qué más se podía hacer para matar el tiempo? Venga. No te enfades. Hay que aprender a reír.
Molesto, Michael se puso en pie.
Sacó la billetera, y a un lado de la taza dejó el pago correspondiente por su bebida. Por más lluvia que hubiera, en definitiva prefería quedarse en su coche antes que estar cerca de ese par de locos.
Se colocó el maletín al hombro, y, decidido, caminó hacia la puerta.
—¡Oye, niño! —lo llamó Nico. Por cortesía, volteó a verlo—. Nos pasamos un poco. Pero lo de Franco Montesinos es totalmente cierto. Menos lo del manantial. Eso no es más que una tontería.
Michael salió.
La lluvia era apenas un goteo tímido, como si la tormenta nunca hubiera ocurrido. Caminó hasta su coche y abrió la puerta. Al dejar el maletín en el asiento del copiloto, algo lo detuvo: el cristal estaba empañado, y en medio del vaho había un dibujo infantil: un sol torcido y, debajo, dos figuras tomadas de la mano. Michael arrugó el ceño. Limpió con la manga, pero el vidrio volvió a cubrirse de humedad. Y esta vez, las figuras parecían tres.
Cuando levantó la vista, el nombre de la taberna ya no brillaba en la neblina. Casi se había disipado.
Miró el recuerdo de su padre, y se preguntó qué habría hecho él. Michael sonrió. Sabía la respuesta. Su padre siempre escogió saciar su curiosidad. Fue todo un aventurero. Peculiaridad que, para bien o para mal, lo heredó también. Entonces, tras un suspiro de resignación, agarró el móvil. Y en cuanto vio que tenía cobertura buscó en internet sobre la familia Montesinos.
A pesar de haber sido utilizado como burla, no era mentira. Franco Montesinos se deshizo de su familia de la forma más vil y cruel que hubiera podido imaginar. Mientras más leía, más se le revolvía el estómago.
—Ruta 406 —dijo en un tono bajo para sí mismo.
Buscó la dirección en el GPS, y curiosamente el sitio donde ocurrieron los hechos quedaba a solo diez minutos.
Parecía un sitio apartado de todo. Una parcela rodeada de árboles. Y mala hierba también. Para llegar hasta allí tuvo que seguir un sendero de tierra. Por causa de la lluvia, Michael acabó ensuciando sus zapatos con barro. Ante sus ojos estaba la verja de piedra con grandes puertas, las cuales tenían un aspecto oxidado y torcido. Aunque fácil de atravesar. Un chirrido lo acompañó al cruzar.
La casa también fue construida de piedra, y lo que antes pudo ser algo imponente, ahora era todo lo contrario. El rastro del fuego seguía allí. Ventanas rotas, y parte del techo caído lo recibían. Michael detuvo su andar cuando la brisa del aire lo cubrió de pies a cabeza. Era fría. Sintió como se le erizaba el vello detrás de la nuca.
Dio un paso, y luego otro.
Había llegado. Patético sería retroceder.
Dio una vuelta para cubrir el terreno. Visualizó un triciclo viejo entre la maleza y un columpio destrozado por el tiempo. La puerta principal estaba caída, y las paredes tenían manchas negras. Polvo y suciedad en todo su esplendor. Michael no sabía lo seguro que era la dosificación. Lo mínimo que esperaba era que, lo que quedaba del techo, no cayera sobre su cabeza.
La entrada de la casa era como un recibidor. En ella, había una escalera. Y a ambos lados había dos puertas. En la izquierda encontró la cocina y el comedor. En la derecha, el salón con libros y estanterías esparcidos…
—¿Qué? —dijo, como si alguien le hubiera susurrado.
Michael no se movió.
Recorrió la mirada, nada. Volvió a la entrada, pero esta vez con la intención de subir los peldaños de la escalera. Y al llegar a la parte de arriba observó una habitación amplia.
Otro susurro. Sus manos comenzaron a ponerse frías porque no había entendido. Tuvo que agudizar bien el oído, y al final pudo distinguir su nombre. Algo, o alguien, había susurrado su nombre. No. Michael sacudió la cabeza.
Aquello era algo imposible. No había nada ni nadie más en ese sitio que él.
Entró a la habitación. Se acercó lentamente a la cama, y a pesar de todo pudo distinguir las manchas de la cama. Otro dato cierto de lo que había leído. La señora Montesinos agonizó en su propia cama. Estar allí era algo que en cierta forma lo superaba. El ambiente se sentía diferente. Era como si el mismo aire le pesara sobre sus hombros. Supuso que era el momento de marcharse y seguir corroborando parte de la historia. Pero al girar sobre sus talones, en el umbral de la habitación, estaba situado un hombre que lo miraba fijamente.
Un hombre que se le hacía curioso.
Esa mirada, ese peinado…
No. Michael restregó sus ojos, y al abrirlos, aquel hombre seguía allí.
Su corazón ganó velocidad. Era hora de marcharse. Pero apenas dio un paso cuando el tipo se deslizó hasta estar frente a frente. Michael brincó del susto, y el sujeto le agarró la cabeza con ambas manos con fuerza y odio en los ojos. Michael intentó zafarse. Su olor…Oh Dios, su hedor era sangre. Le dieron ganas de vomitar. Se suponía que Franco Montesinos estaba muerto.
Pero no, lo tenía frente a sus narices. ¡Lo estaba tocando! El agarre seguía estando con firmeza. Como si quisiera arrancarle la cabeza. Sin embargo, Michael sintió algo más. Dentro de su estómago se formaba un remolino mientras sus ojos, y los de Franco Montesinos, se desorbitaban.
Luego, oscuridad.
No oía, veía o sentía nada hasta que…
—Buenas tardes —dijo alguien, una voz masculina. Abrió los ojos y un tipo joven le devolvió la mirada—. ¿Qué tal el día? ¿Qué tal la familia?
Michael enarcó una ceja, pero sonrió.
—¿Qué te he dicho, Jaime? –dijo Michael, pero esa voz…no era su voz—. No me gustan los aduladores.
Jaime inclinó la cabeza, avergonzado.
Era un muchacho delgado. Llevaba una camisa blanca de manga larga y pantalón gris. Zapatos de cuero a juego. Y su cabello lo tenía peinado con gomina hacia un lado. Iba pulcro. Pero con el fuego de la juventud en su mirada.
—Lo lamento, señor.
Por el rabillo del ojo vio su reflejo. Y no se pareció al que ya conocía. Hizo el ademán de verse en el espejo pero todo fue en vano. Michael no tenía control.
Y Franco Montesinos lo supo. Porque la sonrisa que mostró era solo para él. Para hacerle entender que “ver” era lo único que le permitía hacer.
—Bien, Jaime —contestó—. La familia está bien. Gracias por el interés.
—¿Y su señora?
—¿Qué pasa con ella?
—Perdón —dijo al notar el tono nada amigable—. No es de mi incumbencia. Es solo que…Bueno, he escuchado que ha empeorado estos días.
Franco Montesinos clavó sus ojos sobre él. Michael sintió el enojo. Era claro que no tenía paciencia para los chismosos.
—Tú lo has dicho. No es de tu incumbencia. Deja los informes sobre mi escritorio y ocúpate de lo que te corresponde.
—S-sí, señor —balbuceó e hizo lo que le ordenó.
En el momento que escuchó el chirrido de la puerta al cerrarse, Franco Montesinos sacó un cigarro de su chaqueta y lo encendió. Estuvo ahí, relajándose, por varios minutos. No tenía prisa. El tiempo era suyo. Ojalá pudiera decir lo mismo de su esposa. Jaime tenía razón. Habían sido días muy difíciles. Nunca se le cruzó por la cabeza este escenario. Juraba que tendría una vida plena junto al amor de su existencia…Pero nada. El destino podía ser cruel cuando menos lo esperas.
Para no pensar en su final siempre se refugiaba en el trabajo. Sabía que a espaldas suyas la gente hablaba. No entendían, sus empleados incluso, el porqué ignoraba a su mujer en sus últimos días. El porqué no consolaba a sus hijos cuando más los necesitaba. Pero era consciente de que ellos estarían bien. Se comprometió en conseguir a la mejor cuidadora para que velara por los niños.
Y la noche cayó. No se había dado cuenta hasta que estuvo obligado a encender las luces de su oficina. Franco Montesinos se rindió, y el silencio se apoderó de él. Dejó el escritorio ordenado, y recorrió los pasillos de la fábrica hasta llegar a su coche. Todo el mundo había marchado ya. Por lo que condujo. Lo hizo con resignación. Al llegar a su casa, pisó la terraza y entró.
Silencio.
Más de lo normal.
—¿Hola?
Nada. Franco Montesinos sonrió. ¿Quién lo diría? Finalmente llegó el día. Los niños habían caído sin rechistar en los brazos de Morfeo. De no ser así, habrían bajado corriendo por la escalera. Y los habría regañado también.
Al notar la calma fue a su habitación, y la luz estaba apagada. Su esposa estaba tan delicada que hasta el resplandor de las lámparas le incomodaba.
Se quitó la chaqueta, y se aflojó la corbata. Caminó hacia su cama, y se recostó junto a su amada. Franco Montesinos se acercó a ella. Intentó acariciar su rostro pero ella estaba resguardada bajo el edredón. No fue problema. La destapó lo suficiente para lograr su objetivo. Cuando lo consiguió, notó que su piel estaba fría. Más de lo usual. Hizo que ella acomodara la cabeza sobre su pecho, y así rodear el resto de su cuerpo con sus brazos. Pero algo llamó su atención. Un líquido con cierta…viscosidad.
—¿Amanda?
No hubo respuesta. Ni siquiera el gruñido habitual de cuando la despertaba. Franco Montesinos tocó el líquido con sus dedos y encendió la luz. Sangre. Sangre por doquier. Miró a su esposa y ella estaba inerte. Michael tembló. La sangre que provenía era de ella. De su estómago rajado como si de un animal se tratara.
Cayó al suelo sin creer realmente que esto haya sucedido. Un relámpago cruzó el cielo. Estruendo que resplandeció en la habitación. Uno que causó cubrirse los oídos.
—No, no, no—dijo, asustado— ¡Los niños!
Corrió temiendo lo peor. Esto no podía estar pasando. Pero la realidad era aún peor. Cuando llegó al dormitorio de los niños encontró un camino de sangre que condujo al cuerpo sin vida de su hijo. Franco Montesinos se derrumbó. Sus rodillas tocaron el suelo de lo que antes fue su dulce hogar. Era difícil creer lo que estaba viendo. Lágrimas resbalaban por sus mejillas. Que su hija, la que estaba a un lado de su propio hermano, llevaba a mano la herramienta con la que acabó su vida.
—¿Q-qué has hecho?
Ella giró hacia él, y lo que tuvo como respuesta fue:
—Hola, papi.
Y, por primera vez…la vio. Vio a un ser sin corazón. Y en ese preciso instante, Michael, supo que el significado de su sonrisa era todo menos amor.