El relojero

El tic tac llenaba la tienda de Fabio. Cientos de relojes colgaban de las paredes: de péndulo, de bolsillo, despertadores antiguos, todos marcando tiempos distintos como si cada uno tuviera voluntad propia. Algunos adelantaban minutos, y otros…se negaban a avanzar. Tal era su hipnotismo que la gente de San Agustín solía decir que entrar en aquel lugar era perder la noción del tiempo.

Fabio, de manos temblorosas y pelo cano, tenía una mirada precisa. Se inclinaba sobre la mesa de trabajo mientras desmontaba una pieza minúscula. El olor a aceite y a madera vieja impregnaba el ambiente. Y, sin esperarlo, todo cambió. El silencio del taller fue roto por un murmullo ahogado. No fue la radio, llevaba años apagada. Ni la calle, pues apenas pasaba un coche al día.

Alzó la vista, y agudizó el oído.

Nada. Silencio total. Con los años que llevaba trabajando en su tienda, a veces oía ruidos por inercia. Pero cuando detenía el trabajo, y se concentraba, resultaba que no era nada. Se encontraba siempre con el silencio. Y con justa razón creía que ya se había convertido en uno de esos ancianos que tanto criticaba de joven.

Fabio sonrió. Era una sonrisa que se mezclaba entre la nostalgia y la amargura. Tuvo una vida buena…sí. Fue un chico ejemplar: era educado, colaborador, sencillo y trabajador. Pero repudiado también. Con él siempre iba la marca: hijo de la criada. La mujer que trabajó para los Montesinos. La misma que perdió la cordura tras la masacre. En aquel entonces solo tenía cinco años. A pesar de ser tan joven, jamás podría olvidarlo aunque quisiera.

Su madre era su familia. Velaba por él día y noche. Trabajaba cuidando de los niños Montesinos aunque eso significaba que no pudiera estar del todo presente. Sin embargo, reconoce que nunca estuvo solo. Cuando su madre no estaba solía quedarse con sus tíos paternos. A diferencia de su propio padre, ellos siempre estaban allí. Tanto que ellos mismos tuvieron que darle la noticia de que ella no se encontraba bien.

¿Y quién la culparía?

Llegar a primera hora de la mañana y encontrarse a Franco Montesinos, de rodillas sobre el suelo, con sangre en la ropa y manos, lloriqueando como perro arrepentido, puede traumar a cualquiera. Sus tíos le dijeron que el shock fue tan grande que algo en su mente la quebró para siempre. Tal fue el impacto que la pobre mujer acabó internada. Fabio la vio en tres ocasiones, y en la tercera visita se dijo que no volvería más. A partir de ahí, siguió su vida junto a las únicas personas que tenía. Dedicando su tiempo a aprender sobre el negocio de sus tíos. Se esforzó en sacar la mejor versión de sí mismo. De ser el perfecto hijo adoptivo. Siempre tratando de quitarse el estigma que fue plantado en él.

Unas veces funcionaba, y otras no.

Como aquella vez que invitó a salir a la chica que, para él, le parecía la más guapa de la clase. Fue rechazado en tres ocasiones. Pero consiguió que fuera su pareja en el baile de graduación. Al inicio creyó que lo aceptó por desesperación, incluso por despecho, pero se quitó esa idea absurda de la cabeza. ¿Quién haría eso siendo Fabio un buen chico? Se dijo que cualquiera sería afortunada de salir con él. Aunque en el momento de intimar no pareció color de rosa como había imaginado. La chica no dejaba de llorar.

Un sonido de campana lo interrumpió. La puerta estaba cerrada, pero vio que el tintineo fue provocado por la brisa del viento. Había dejado la ventana abierta. No se molestó en cerrarla. Siempre le gustó el ambiente fresco.

A lo que iba. Fue una escena muy lamentable. Desde esa noche, Fabio juró que no volvería a verla. Y así fue. No necesitaba dramas en su vida. Suficiente tenía con la suya. Luego de eso asistió a la universidad local hasta que su tío lo puso a cargo del negocio. Sintió orgullo cuando le concedieron semejante honor. Y todo comenzó a marchar bien a excepción de sus relaciones. Cada una de ellas fracasaba, y no entendía por qué. Era como si cada una de ellas se conocieran e hicieran un acuerdo para burlarse de él. O era que Fabio escogía mal.

Una segunda brisa entró.

—Que día más bueno —dijo sin apartar la vista de su trabajo, pero un susurro causó que sus manos se detuvieran. Pero aquel susurro se volvió dos. Hasta tres incluso. Fabio frunció el ceño. No había nadie con él salvo los artefactos.

Sobre el escritorio tenía una radio. Aparato que dejó de funcionar hace mucho tiempo y siempre postergaba reparar. Fabio le echó un vistazo porque había algo peculiar: tenía encendida la luz.

¿Cómo iba a estar encendida si estaba dañada?

Lo agarró y, con sus manos temblorosas, le dio la vuelta. Ni siquiera tenía pilas.

Entonces, se lo acercó al oído. Y el susurro seguía estando ahí. Era como un murmullo lejano, como hojas arrastradas por el viento. Fabio parpadeó varias veces, convencido de que su mente le jugaba una broma. Pero las sílabas empezaron a tomar forma, una tras otra, hasta convertirse en una palabra clara: asesino.

—¡Que insolencia! —expresó mirando la radio fijamente.

¡Boom! El cristal del escaparate a su espalda…explotó.

Fabio hizo el vago intento de cubrirse del impacto. Por suerte, no se hizo daño. Pero bajo sus pies ya se creó un mar de vidrios rotos. Genial…llegó su parte favorita del trabajo. Limpiar el desastre.

—¿Así como me limpiaste a mí? —dijo una voz con risa irónica.

—Y a mí.

El dolor se notó en sus palabras.

—Tampoco te olvides de mí.

Y la acusación venía con ella.

En ese momento Fabio se congeló. Por alguna extraña razón reconocía esas voces. Pero estaba solo, y aún así la radio seguía encendida. Un segundo…¡la radio! Sintió una opresión en el estómago al darse cuenta que dichas voces salían de la radio. ¿Se habrá quedado dormido tras la hora de la comida? No, recordaba perfectamente que caminó hacia el taller. No era una alucinación.

El tic tac de los relojes optaron por un tono más alto. A cada segundo. A cada minuto. Más de lo que sus oídos podían soportar. Pero eso no era nada con lo que veía a continuación. Figuras humanas materializadas. Más de una. Más de tres. Si seguía contando se desmayaría de la impresión. Las conocía a todas. Mujeres jóvenes con las que había salido, con las que había tenido algo en su momento.

El cuerpo de Fabio tembló.

—¡Atrás! —advirtió cuando las figuras avanzaron hacia él. Fabio vio el suelo. Ellas no lo tocaban. Más bien se deslizaban como sombras arrancadas del tiempo.

Elevó el dedo índice tratando de formar una barrera.

—¿Asustado? —preguntó una de ellas—. Nosotras también lo estábamos.

No quería oír más. El tic tac de los relojes se volvió insoportable. Porque ya no era solo un sonido. Era un pulso dentro de su cráneo, casi una especie de latido metálico que lo aplastaba desde adentro. Esta vez con más violencia, al igual que las voces de ellas. Fabio se tapó los oídos, pero nada cesaba.

—¿Recuerdas nuestras lágrimas? —murmuró una.

—¿El frío siquiera? —añadió otra.

—¡¿Aquel momento que nos limpiaste de tu vida?! —gritó la siguiente, con odio y rencor.

Fabio movió la cabeza.

—¡No! —exclamó—. ¡Yo las traté bien! Mejor que esos imbéciles que iban como perros detrás de ustedes. Pero eran ciegas…¡y tontas!

—¿Estás seguro? —preguntó una de voz dulce y triste.

Fabio parpadeó al ver a la chica que había llevado al baile…

Y recordó aquella noche.

La noche en la que le pidió prestado el coche a su tío para llevarla. Lo mucho que disfrutaron en la pista de baile. Lo que rieron en la madrugada mientras comían lo primero que encontraron. Pero también recordó el rechazo de cuando él quiso demostrarle lo importante que era ella en su vida. El forcejeo, los gritos, y el llanto eran como si lo desgarraban por dentro.

Cuando se dio cuenta…todo había terminado.

El cuerpo de ella yacía inerte.

Debajo de él.

Un error, se dijo. Pero la historia se repitió. La historia estaba allí plantándole cara.

Hubo una época de terror, pero por suerte nadie sospechó…del todo.

—Fui un buen chico —susurró.

Pero el tiempo lo alcanzó. Las figuras se acercaron a él hasta rodearlo. Y Fabio quedó paralizado. Sudaba frío justo cuando ellas soltaron un grito ensordecedor. Obligándolo a recordar cada llanto, cada roce, hasta que llevó su mano al corazón.

Su cuerpo cayó.

Los relojes se detuvieron al unísono.

El taller entero quedó en silencio.

Solo la radio permanecía encendida, repitiendo una y otra vez…

Asesino.